Como ya es sabido por todos los feligreses de la Arquidiócesis, me encuentro en mi país, Irlanda, recuperándome de una operación de rodilla. Y es desde aquí, aunque apesarado por no estar con ustedes en esta Semana Santa, me encuentro lleno de la esperanza que pronto regresaré a San Pedro Sula
Es en las circunstancias adversas de la vida en que más fácilmente nos podemos identificar con Cristo en estos días de su misterio central. Hoy Jesús, entra en la ciudad santa de Jerusalén. Este ingreso es un acontecimiento misionero, una epifanía para toda la gente. Es un momento de triunfo efímero, de verdadera humildad de Jesús que no entra como un conquistador, sino como un hombre de paz y de reconciliación.
Esta entrada triunfal es efímera, de un día, pues luego se darán los dramáticos acontecimientos que relatan las Escrituras. Esta entrada misionera de Jesús hace que la gente se pregunte sobre Él. Semana Santa es el tiempo para conocer más a Jesús y observar sus acciones y palabras. La gente se pregunta y se responde: “Y al entrar él en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió. « ¿Quién es éste? » decían. Y la gente decía: « Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea. (Mt 21, 10-11). Es una respuesta verdadera, aunque en labios de la gente es efímera, porque no la guardarán en su corazón días más tarde. Nosotros, en cambio, estamos llamados a vivir la Semana Santa buscando a Jesús, como los griegos: “Había algunos griegos de los que subían a adorar en la fiesta. Estos se dirigieron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le rogaron: « Señor, queremos ver a Jesús. » Felipe fue a decírselo a Andrés; Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús. (Jn 12, 20-22).
Con ese imperioso deseo de ver a Jesús, estamos llamados a vivir la Semana Santa, sabiendo que lo encontraremos de manera dramática, plena, llena de amor y sacrificio.
En efecto, a la pregunta que se lee en Mateo, “¿quién es este?”, Jesús da a sus discípulos una respuesta iluminadora para ellos, para los griegos y para nosotros: “Jesús les respondió: « Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo de hombre. En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna. (Juan 12, 23-25).
En este año de la Santa Misión, debemos ser como Felipe y Andrés y colaborar para que los nuevos griegos se encuentren con Jesús para que puedan decir: “Verdaderamente, este era Hijo de Dios” (Mt 27, 54). En el misterio de su pasión redentora vamos descubriendo al grano de trigo que muere para dar fruto.
Me encomiendo a sus oraciones y yo los encomiendo en las mías, para que podamos vivir, desde nuestra propia realidad y circunstancia, el misterio del amor de Dios. La respuesta a quien es Jesús la podemos encontrar en Juan: “Los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1). El amor de Jesús es extremo y universal, supera el tiempo y el espacio. Es un amor que lleva a dar la vida, pues nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos (Jn 15, 13) y nos invita a vivir la Semana Santa en una dimensión universal y misionera.
En este pórtico de Domingo de Ramos, al comienzo de la Semana Santa, les envío mi bendición. Feliz Semana Santa para todos.
Monseñor Miguel Lenihan
Arzobispo Arquidiócesis de San Pedro Sula.