“Corazones ardientes anunciando la esperanza”
¡Muy buenos días, amado Pueblo de Dios!
Paz y bien.
Hoy nos convoca el Espíritu Santo en un día lleno de simbolismo y de gracia. Al iniciar solemnemente este camino de misión, lo hacemos con la mirada elevada al cielo y los pies firmes en nuestra tierra. Mi corazón se llena de profunda gratitud al contemplar el inmenso trabajo que Dios ha realizado en esta Arquidiócesis de San Pedro Sula a lo largo de los años.
Somos herederos de una historia marcada por la valentía, la entrega y el ardor misionero que mis hermanos obispos, monseñor Jaime Brufau (De feliz memoria) y monseñor Ángel Garachana, sembraron con amor en esta costa norte. Su testimonio sigue siendo semilla fecunda que hoy da fruto en nuestro caminar eclesial.
Después de tres años de caminar juntos en la experiencia de la sinodalidad —aprendiendo a escucharnos, a discernir y a participar— el Señor nos habla con claridad y nos dice: “Es hora de remar mar adentro”. La misión no es una carga ni una obligación externa; es el desbordamiento natural de la alegría de haber encontrado a Cristo resucitado. Cuando el amor de Dios enciende el corazón, no podemos quedarnos quietos.
Nuestro lema, “Corazones ardientes anunciando la esperanza”, responde de manera profética a los desafíos de nuestro tiempo. Vivimos en una sociedad que con frecuencia camina entre la confusión, el cansancio y la pérdida de sentido, como aquellos discípulos de Emaús que avanzaban tristes y desorientados. Sin embargo, sabemos que Jesús siempre se acerca, camina con nosotros y transforma nuestro desaliento en esperanza.
El corazón del que hablamos no es solo emoción o sentimiento pasajero; es el centro profundo de la persona, donde la razón se abre a la fe y la fe ilumina la razón. Cuando el misionero interpreta la historia a la luz de la Palabra y reconoce a Cristo en la fracción del pan, su vida se transforma. Ese fuego interior es el que nos permite anunciar el Evangelio con un lenguaje comprensible, actual y sanador, capaz de dialogar con el hombre y la mujer de hoy.
El Evangelio se anuncia con la coherencia de la vida, con la sencillez de los gestos y con palabras que brotan de un corazón verdaderamente encendido.
El Espíritu Santo nos llama a recorrer cada rincón de nuestra bendecida geografía, reconociendo la tierra como don del Creador y como espacio privilegiado de encuentro con Él. Por ello, hemos planteado este camino misionero en tres momentos: preparación, siembra y crecimiento, siguiendo los ritmos mismos de la vida.
Nos sentimos enviados:
- Hacia las cumbres y la costa, desde el verdor imponente de la Cordillera del Merendón, donde el silencio nos habla de Dios, hasta la ribera de Omoa y Puerto Cortés, donde el mar proclama la inmensidad de su misericordia.
- A los valles de la abundancia, el Valle de Sula, La Lima y San Manuel, Potrillos y Pimienta, tierras marcadas por el trabajo, el esfuerzo y la esperanza, que hoy aguardan la semilla viva de la Palabra.
- Al santuario del agua, con especial cercanía a las comunidades que rodean el Lago de Yojoa, espacios privilegiados donde la creación se manifiesta en todo su esplendor y donde Cristo nos recuerda que Él es el Agua Viva que sacia toda sed.
- Por los caminos de la fe, recorriendo cada calle, colonia y barrio de San Pedro Sula, Choloma, Villanueva y Santa Cruz, así como los caminos de nuestras aldeas de San Antonio de Cortés, San Francisco y Cofradía, transformando los espacios cotidianos en lugares de encuentro con el Señor.
- En las nuevas urbanizaciones, lugares donde nacen familias llamadas a convivir en fraternidad y a reservar un tiempo para Dios en medio de la vida diaria.
- En los centros de estudio y trabajo, universidades, colegios y espacios laborales, donde Dios nos llama, desde la cotidianidad, a dar testimonio de su amor con obras y palabras.
Jesús no es una realidad lejana. Él camina hoy por nuestras avenidas y veredas. Lo encontramos en el rostro del enfermo que espera consuelo, en el anciano que anhela una visita, en el migrante que busca acogida y en el niño que descubre la fe en la catequesis.
Dirijo un llamado especial a nuestros jóvenes. Ustedes son destinatarios privilegiados del anuncio y, al mismo tiempo, protagonistas de los nuevos escenarios misioneros. Las nuevas tecnologías son herramientas valiosas para que el mensaje de Jesús llegue más rápido y más lejos. ¡Sueñen en grande! No se conformen con una vida superficial; aspiren a una vida plena, que valga la pena ser vivida en el servicio y en la entrega a los demás.
La Iglesia se enriquece con los carismas de los movimientos laicales y con el compromiso de cada bautizado que, desde la sencillez, se dedica al cuidado del otro y a la construcción de la fraternidad.
Fortalezcamos nuestra evangelización haciendo de nuestras parroquias verdaderas Casas de Comunión. Que la vivencia profunda de los sacramentos se traduzca en gestos concretos de misericordia.
Hermanos misioneros, reciban mi oración y mi más profundo aprecio. Continúen caminando por los senderos que el Espíritu Santo nos va trazando. Como sucesor de los apóstoles y como arzobispo de la Arquidiócesis de San Pedro Sula, los envío para que anuncien a Jesucristo vivo, para que proclamen su amor, su misericordia, su perdón y, sobre todo, la salvación que solo Él nos ofrece.
Que Nuestra Madre, Reina de los Apóstoles, interceda por nosotros.
Que su bendición nos acompañe siempre.
Y que Dios los bendiga abundantemente.
Muchas gracias.
