Por: Ivette Fontánez Ojea, PhD
Virgen Consagrada Puerto Rico
La obra misionera de la Iglesia ha sido a través de las épocas el esfuerzo consistente de propagar la fe y anunciar la salvación a todos los pueblos. Una invitación que proyecta el encargo de Jesús a sus discípulos en el relato de la resurrección. «Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda la creatura» (Mc 16, 9-15). Para los católicos la misión ha consistido en las
iniciativas de evangelización promovidas y dirigidas por la Sede apostólica de Roma; sin la intervención de las iglesias diocesanas, ni los grupos particulares (García, 2014, p.29). A través del tiempo el encargo misionero católico estuvo dirigido por Órdenes Religiosas, conscientes de la importancia de anunciar el evangelio, desde Occidente hacia otros territorios (p.30), con énfasis en la propagación de la fe. Mientras que, entre los protestantes, el esfuerzo misionero estuvo
enfocado en vivir la alegría de la salvación personal y anunciarla con insistencia hasta los confines de la Tierra (p.30).
Al ver los esfuerzos concretos que se realizan en distintas inmediaciones de la Iglesia, pareciera que se ha cumplido la misión a cabalidad. La Iglesia cuenta con excelentes proyectos de beneficencia para los pobres y desamparados, confiando en que con esa labor social se está imitando a Cristo, que atendía constante a los pobres, sanando, enseñando y compartiendo la mesa con ellos. Sin embargo, la obra de misericordia apostólica es sólo una rama del gran árbol que constituye la misión. Una expresión de la acción del Espíritu, que provoca en los líderes
misioneros una profunda sensibilidad ante las necesidades del prójimo. Pero hay algo más profundo, que dinamiza el corazón humano hasta hacerlo arder en caridad: el deseo de salvación. En el Árbol de la Misión, Missio Dei, Dios es el tronco, con raíces muy profundas en el amor.
Anunciar a todos los ser humanos que Dios nos ama. Entonces, cómo cumplir con el encargo en nuestra vida diaria. Viene a mi mente la Parábola de la Vid y los Sarmientos (Jn 15, 1 – 11). Si el encargo misionero es anunciar al Dios vivo, entonces hay una urgencia en el misionero, vivir en íntima relación de amor con Dios. La invitación a permanecer en el amor de Dios es inicio y fin de la obra misionera.
Permanecer, estar con Él, estar presente, hacer vida en El. Estar conscientes de que las buenas obras que brotan en la mente y el corazón son inspiradas por Dios, “por medio del Espíritu que se nos ha dado” (Ef 1,3-10). Cabe preguntarse si el encargo misionero es el resultado del
discernimiento sobre una necesidad de los pobres que te rodean, o simplemente es un plan egocéntrico, retórico, para satisfacer un deseo personal y narcisista de recibir reconocimiento público. Están presentes los signos de la voluntad de Dios o son los signos de tu propia
voluntad. Cómo saberlo… Hay que profundizar en la experiencia de Dios, que gesta en el corazón humano el deseo de salvación, para que en las obras cotidianas se ganen muchas almas para
Dios.
El gran Árbol de la Misión las ramas proceden de Cristo. Él es quien llama, elige forma y envía, para que cada bautizado sea capaz de dar a conocer en medio del mundo el rostro de
Dios. Comunica su misión: extender el Reino de Dios para que todos se salven. Con su ofrenda en la cruz, Cristo da ejemplo para que el misionero comprenda que está llamado a vivir en obediencia
permanente a Dios. Por la cruz redimió a la humanidad y lleva a cada ser humano hasta la cruz para enviarlo a la misión. Cristo, al ofrecerse en la cruz, no solo redimió a la humanidad, sino que también invita a cada persona a asumir su propia misión siguiendo su ejemplo de obediencia. De esta manera, quien lo sigue comunica la redención al mundo a través de sus obras. Todos los árboles tienen hojas, algunos dan frutos y otros son ornamentales, con flores muy vistosas. Así también es la Iglesia, constituida por variedad de miembros, bautizados y no bautizados, con
cualidades, talentos, dones y carismas diversos, pero todos creados por Dios. A cada uno según la voluntad de Dios, el Espíritu lo ha dotado con un llamado particular, algunos con gran
disponibilidad y docilidad responden a ese llamado asumiendo una vocación específica. Los cristianos que asumen su vocación sirven a la Iglesia y edifican al mundo con su testimonio de vida. Se convierten en hojas lozanas, sabrosos frutos y hermosas flores que dispersas por el
mundo, embellecen y nutren el jardín de la vida. Cada proyecto misionero, está llamado a propagar la fe, invitar a los fieles a acoger la salvación como don gratuito y promover la santidad de todos los hijos e hijas de Dios. Servir y amar, ese es el verdadero reinado de Cristo; quienes han sido abrazados por el amor de Dios, no tienen otro propósito en medio del mundo que ama. Por tanto, la misión de Dios, “Missio Dei”, que es la misión de la Iglesia siempre será el amor. Adelante, que es Dios el que “nos envía por el mundo a anunciar la Buena Nueva, a encender mil antorchas y a gestar una nueva primavera” de justicia y de paz.