Por: Padre Elton Margjeci
Misionero del Instituto del Verbo Encarnado en su tierra natal, Albania.
Desde el inicio de mi camino misionero, he sentido fuertemente en el corazón el deseo de anunciar el Evangelio, de llevar la luz de Cristo a las situaciones concretas de la vida cotidiana: en las familias, en los jóvenes, en los pobres y en todos aquellos que buscan sentido y esperanza. A veces, cuando pensamos en la palabra “misión”, inmediatamente pensamos en un sacerdote o una religiosa extranjera en nuestro país. Esto es un gran error, aunque en parte sea cierto. Todos los bautizados son y deben ser misioneros, enviados en sus propias realidades: en la familia, en el trabajo, en la escuela, pero también en los momentos sencillos de cada día, porque la misión no es un acto, sino un modo de ser y de vivir.
Hoy, más que nunca, sentimos la urgencia de una visión clara para la Iglesia. Vemos los dos extremos de la realidad: un mundo que corre hacia el laicismo y el ateísmo, pero al mismo tiempo un mundo que busca la verdad. Y cuando uno la busca con corazón sincero y con una inteligencia honesta, la encuentra; y esa verdad es Jesucristo.
He dicho antes que soy misionero en mi tierra natal, Albania. Después de mis estudios en Italia, fui destinado por mis superiores a Albania, también porque soy el primer albanés de la congregación a la que pertenezco. Aunque mi deseo era ir a China o a la Franja de Gaza, Dios tenía otros planes para mí.
Albania ha pasado casi 50 años de dura dictadura comunista; de hecho, fue el primer país del mundo declarado constitucionalmente ateo. Se pueden imaginar las consecuencias devastadoras de tal dictadura: la destrucción de la cultura, del arte, de la fe y, sobre todo, de la esperanza. Dice la Escritura: “Sin visión, el pueblo perece” (Pr 29,18). Tener una visión significa saber hacia dónde Dios nos conduce. No se trata solo de organizar actividades, sino de discernir el proyecto de Dios: una Iglesia viva, misionera, arraigada en la Eucaristía y capaz de dar testimonio de Cristo en la sociedad.
Todo esto fue negado en mi patria; más aún, fue martirizada por este motivo. Más de 5000 personas fueron asesinadas a causa de la fe, de las cuales 38 ya han sido beatificadas.
Inmediatamente después del comunismo, la Santa Madre Iglesia acudió en ayuda de mi pueblo, llevando ante todo la esperanza y la alegría del Evangelio. Durante 50 años no se pudo participar libremente en la Santa Misa, en los sacramentos ni en la vida de fe; ni siquiera en las familias se podía rezar sin miedo. Los primeros misioneros trajeron una verdadera esperanza: el pueblo comenzó a respirar la verdadera libertad espiritual y también física. Fueron estas “sentinelas”, venidas muchas veces de muy lejos, quienes anunciaron que es verdad que Cristo murió, pero también resucitó. Por eso: ¡levántate, pueblo de Dios!, porque Dios ha bendecido esta tierra con la sangre de sus mártires.
Por ello, siendo la misión de la Iglesia en Albania tan reciente, como un renacimiento después de tantos años, también yo me atrevo a “gritar” de alegría que Cristo vive, y que Él quiere venir cada día a nuestras almas, a nuestras familias, a nuestras realidades.
La misión no es una actividad más: es el corazón mismo de la Iglesia. Jesús mismo nos dijo: “Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio a toda criatura” (Mc 16,15). La misión es santa porque nace de Dios y tiene una finalidad altísima: la salvación de las almas. No se trata simplemente de hacer obras buenas, sino de llevar a Cristo, único Salvador del mundo. Como enseñaba Santo Tomás de Aquino, el fin último de la vida cristiana es conducir al hombre a Dios. Y la misión es precisamente eso: participar en la obra de Dios que atrae hacia sí a todo hombre.
La misión no está reservada a unos pocos: concierne a todo bautizado. Cada uno, en su propio estado de vida, está llamado a ser testigo. Papa Francisco lo recordaba con frecuencia: la Iglesia debe ser “en salida”.
De modo particular, este año deseo sostener y alentar las misiones que se están llevando a cabo en Honduras. Me llena el corazón saber que Jesús está siendo anunciado con tanta intensidad, especialmente este año. Estas misiones son un signo concreto de la vitalidad de la Iglesia: sacerdotes, religiosos y laicos que dejan su casa y su trabajo cotidiano para anunciar el Evangelio en contextos a menudo difíciles.
El corazón de la Iglesia católica es la misión. Por eso, mi deseo más profundo es que estas misiones sean, ante todo, un modo de renovar el propio “sí” de los consagrados y consagradas, pero también un nuevo impulso hacia la entrega total, para no vivir como espectadores de lo sagrado, sino vivir por Cristo, con Cristo y en Cristo.
Como congregación religiosa, fuimos llamados por Santa Teresa de Calcuta, hijos de esta tierra, a venir como misioneros del Verbo Encarnado a Albania. Este año celebramos 25 años de presencia en esta tierra bendecida, y nuestra misión es, ante todo, vivir como verdaderos cristianos y luego testimoniar la belleza del Evangelio que también nosotros hemos recibido.
Albania es una tierra donde aún queda mucho por trabajar para dar a conocer y amar a Cristo en la libertad de los hijos de Dios. Sin embargo, la certeza de que cada día hay sacerdotes, religiosas y laicos que trabajan por el Reino de Dios me consuela profundamente.
Nuestro trabajo misionero consiste sobre todo en la pastoral parroquial. Tenemos 7 iglesias, entre ellas un santuario diocesano dedicado a Santa Eufemia, además de otras iglesias de gran importancia histórica y cultural para Albania. Hay una gran demanda de sacramentos durante todo el año, incluso conversiones desde otras religiones, teniendo en cuenta que Albania cuenta con solo un 10% de católicos.
Tenemos un oratorio muy vivo con niños y muchos jóvenes. La Legión de María y los colaboradores parroquiales son otras dos realidades muy importantes, porque ayudan primero con la oración, luego con trabajos voluntarios, pero sobre todo con su testimonio de vida.
Cada verano realizamos dos semanas de misión popular, siguiendo especialmente las enseñanzas de San Alfonso María de Ligorio. Cada año contamos con un grupo de seminaristas de mi congregación provenientes de Italia, así como un gran grupo de estudiantes universitarios de diferentes partes de España, Francia, Alemania, Italia, Irlanda y otros países cercanos.
Junto con los misioneros laicos de nuestra parroquia, formamos cada año un grupo de más de 50 misioneros. Visitamos todas las familias, fomentamos la participación en los sacramentos, organizamos oratorios, encuentros para familias, encuentros para jóvenes, etc. Nuestras jornadas se desarrollan entre la oración, la misión en el terreno, la formación y el sano esparcimiento. Puedo decir que todo esto me impulsa cada vez más a entregarme sin reservas al prójimo, porque veo pequeños milagros cada día.
Por eso valoro mucho lo que están haciendo en Honduras, y les aseguro mis pobres oraciones. Sé que habrá momentos áridos, difíciles, quizá para algunos aparentemente inútiles o sin resultados duraderos. No permitan que el mal cree divisiones entre ustedes ni los desanime. El simple hecho de haber tomado una iniciativa tan importante ya dará muchos frutos, pero serán aún más aquellos que no verán, porque lo que Dios obra en un alma no siempre es perceptible.
Con mi oración y bendición, les suplico que lleven en sus jornadas de misión a la Santa Madre de Dios y Madre nuestra, María. Ella sabe mejor que nadie cómo amar y servir a Cristo. Que sea ella su guía y protectora.
Dios los bendiga y ¡santa misión a todos ustedes, obispos, sacerdotes, religiosas y laicos! Dios no se deja ganar en generosidad, por eso la abundancia de frutos será muy grande, porque nuestro Dios es grande.